Votaré y seré millones
Dijeron que se habían agotado las promesas, que la rebeldía no era más que una reliquia oxidada en tiempos de lujo y certificaciones. Dijeron que la mano impoluta del mercado corregiría las fracturas de la pobreza y la exclusión, mientras sometían al poder público a los apetitos de una caterva de potentados. Hablaron de la beatitud de la técnica y con ello trajeron rimbombantes palabras como resiliencia y meritocracia para encubrir el abismo que separa a los pocos impúdicamente ricos de los muchos absurdamente pobres. Nos vendieron amnesia y egoísmo como fórmulas de superación personal, mientras digerían una a una las conquistas de la revolución y sus demandas de reparto justo. Acusaron nuestras esperanzas de pueriles, de dóciles y artificiales. Intentaron reducirnos. Nos llamaron desquiciados.
Y mientras lanzaban sus insultos y calumnias en chorros torrenciales, mientras convertían en política de Estado el silencio y la persecución, abajo, en las trincheras cubiertas en lodo y agallas, se fue gestando nuestra sed de transformación. Entonces reunimos fuerzas en el llanto, nos supimos compañeros y volvimos a organizarnos en medio de la cerrazón. Nos hermanaban los mismos sofocos, las mismas dolencias, el mismo brillo en los ojos que asomaba al ejercitar nuestra imaginación. Fue así como un tabasqueño nacido al pie de las estribaciones de la Sierra de Macuspana nos llenó el esqueleto de anhelos, de ansias de recuperar el timón del país en favor de los descartados y desposeídos. Y junto a él volvimos a ocupar las calles, a sentirnos muchedumbre, a empuñar ideales en unísono.
Por doce años lo intentamos. Elección tras elección entintamos nuestros pulgares hinchados de nuevas auroras. Una y otra vez apostamos por la paz y la democracia, a pesar de las tretas con que mercenarios disfrazados de árbitros ofrecían nuestro porvenir al mejor postor. Enfrentamos en las urnas la injuria y el nepotismo y aunque no siempre conseguimos la victoria, salimos siempre fortalecidos de los comicios, convencidos de que había de sostenernos férreos en la lucha. Con cada acometida nos volvimos expertos en hacer de la frustración combustible para reverdecer nuestras consignas. Fue así como ocurrió que un domingo soleado de julio de 2018 más 30 mil voluntades abarrotaron las urnas para decir basta a la corrupción, para exigir un alto a las prebendas y los bufones al poder, para recuperar un país secuestrado por la codicia e izar sus velas con dirección a babor. Aquellos días las plazas transmutaron en grandes telares de futuro.
Entre arrestos e ilusiones se echó a andar la Cuarta Transformación, abrazada a una nación embarazada de optimismo. Y entonces vinieron los millones de becas y pensiones, incrementos históricos al salario mínimo, obras de infraestructura en regiones que el progreso había decidido desechar. Vinieron los logros y los obstáculos, los tirones y encrucijadas, la austeridad y el bienestar como principios insustituibles de una nueva función pública. Fueron tan vibrantes los cambios consumados y fue tan abyecta la reacción de quienes el orden neoliberal gratificó que nos propusimos reafirmar la legitimidad del proyecto e inaugurar el derecho del pueblo a revocar o ratificar a quienes no tienen más deber que el de servirle honestamente. Podríamos al fin truncar las ambiciones de truhanes y tiranos.
Pataleó el INE y las mafias conservadoras de siempre. Por meses desdeñaron la consulta, la tildaron de inútil y grotesca, de un sinsentido populista. Absortos en su soberbia, llamaron al boicot, se atrevieron a exigirnos eludir la democracia, como si no supiéramos de las vidas y sollozos que tomó durante casi un siglo para convertirse en realidad. Instalaron apenas un tercio de las casillas, pero a sus sueldos los dejaron intacto. Polvosa y descorbatada la dignidad popular les pareció hosca, indeseable.
Sin embargo, desde las ocho de la mañana de otro domingo estelar, más de 15 millones de mexicanos volvieron a ocupar las limitadas casillas desperdigadas en el país. Y entonces mostramos nuevamente el vigor de nuestra voz. Uno a uno, los rayones de cada boleta dieron forma a un clamor implacable que demostraba al poder y sus representantes la necesidad de defender la transformación. El pueblo había girado el timón y no había intención de cambiar el curso. Quizá votamos solos dentro de cada mampara, pero al salir nos descubrimos millones, cómplices de las mismas utopías. Se renovó la confianza no sólo en un presidente, sino en una nación genuinamente soberana, solidaria, libre de distancias insalvables entre sueldos, géneros y territorios.
Postdata.
Este domingo vuelve a presentarse una elección histórica. No obstante, esta ocasión votarán sólo quienes, como diputados y diputadas, han jurado defender los intereses de México. Llevan consigo las historias, los dolores y entusiasmos de los millones que representan. Ojalá decidan escucharnos, antes de prestarse al juego de la expoliación y la insaciable voracidad del capital. El pueblo observa y se ha prometido no olvidar.
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