En contra de la desidia
Me harté de aguardar el arrojo de otros, de contemplar desde el banquillo el choque de pendones, de servir como peón de auroras y crepúsculos, de ocupar sitios minúsculos en el exuberante relato del acontecer que nos une y atraviesa. Me cansé del papel de liebre, de carbón para caldera, de sosa marioneta en el espectáculo del despojo insaciable. No pude soportar más insultos, más indiferencia hacia mis furias, mis afanes y agonías, más veredas estrechas que conducen al mismo calabozo. No resistí más candados vedando a la plebe las puertas del Olimpo. Habiendo sido arrojado al mundo entre huesos de viejas cruzadas, entre lágrimas y anhelos heredados, entre sentencias delineadas de acuerdo con mi código postal, comprendí que la realidad, más que una senda trazada con líneas punteadas, era un inquieto barullo, un torno de barro que cambia de manos con el pulso de las primaveras. Reconocí también que mientras rehuía de las tempestades de los tiempos modernos oculto entre mi rutina, mis háb...