En contra de la desidia
Me harté de aguardar el arrojo de otros, de contemplar desde el banquillo el choque de pendones, de servir como peón de auroras y crepúsculos, de ocupar sitios minúsculos en el exuberante relato del acontecer que nos une y atraviesa. Me cansé del papel de liebre, de carbón para caldera, de sosa marioneta en el espectáculo del despojo insaciable. No pude soportar más insultos, más indiferencia hacia mis furias, mis afanes y agonías, más veredas estrechas que conducen al mismo calabozo. No resistí más candados vedando a la plebe las puertas del Olimpo.
Habiendo sido arrojado al mundo entre huesos de viejas cruzadas, entre lágrimas y anhelos heredados, entre sentencias delineadas de acuerdo con mi código postal, comprendí que la realidad, más que una senda trazada con líneas punteadas, era un inquieto barullo, un torno de barro que cambia de manos con el pulso de las primaveras.
Reconocí también que mientras rehuía de las tempestades de los tiempos modernos oculto entre mi rutina, mis hábitos aspiracionales, entre el resplandor de pantallas y las campañas de marketing, se perpetraban algunos de los crímenes más mezquinos que haya conocido nuestra especie. Que la desidia a la que adjudicaba mi ingenuo confort se unía a la de otros muchos igualmente desechados para que toda junta diera forma, entre pleitos huecos y vanas promesas, a un pantano diseñado para estancar, como el agua que corre desde las primeras montañas, nuestras mejores esperanzas.
Así que decidí mover los músculos más allá de las celdas invisibles con que los señores de la usura y la expoliación intentaron domesticar nuestro asombro. Salí a las calles con pancartas y agallas renovadas, para fundirme al concierto de gargantas que exigen justicia y verdad. Escribí versos, columnas, cuentos de solidaridad y coraje. Bailé profusamente. Voté y participé en la arena pública y no desfallecí cuando hubo que digerir agrias derrotas. Repartí periódicos y ofrecí hortalizas en tianguis locales. Organice comités para encontrarnos, para que después de deambular en luchas solitarias, pudiéramos vernos las caras y reconocernos como compañeros y compañeras de utopías que florecen sobre todos los huertos.
Y a través de mis actos el mundo fue otro. La indolencia dio paso a una fraternidad inaprensible que respondía mejor a mis instintos que las viejas costumbres de misoginia y reclusión. Con cada acción que inyectaba al mundo para transformarlo, se me devolvían decenas de alientos, de abrazos y nuevos colores con los cuales ensanchar los paisajes en plena construcción. Cada colonia se convirtió en una trinchera, cada oficio en un encargo humanista, cada libro en una coordenada hacia el horizonte, cada generosidad en una responsabilidad para devolver. Descubrí entonces que no existe mayor alegría que la que brinda ayudar a sembrar bienestar, a desasir los nudos que ahorcan los sueños de quienes hoy, como ayer y como siempre, merecen mucho, mucho más.
Vivimos tiempos que celebran la discordia, la abreviación simplista de los hechos, las satisfacciones inmediatas cimentadas en el lujo y la indiferencia. Tiempos de banalidad y de descarte. Sin embargo, bajo esta frenética estampida crece la posibilidad de transformar el mundo, de ser parte de una generación que alce soles solidarios sobre las penumbras que dejó instaladas la avaricia y la corrupción, que escampe coros con la espuma de las olas y reverdezca con la miel de una colmena que nos reúne a todos. Lo único que hace falta es sacudirse fuerte el esqueleto para librarse de cualquier pulga desidiosa y disponerse a alzar el vuelo.
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