Somos más, somos muchos
Hace tiempo, un amigo me compartió la visión de que, en el fondo, el desafío de la izquierda no consiste en salir a las calles a pregonar, a veces con precipitada soberbia, un programa para la concientización de la población. Aseguraba que, en realidad, con la marcha convulsa de la historia y los ásperos avatares del destino, la mayoría de la gente había desarrollado conciencia suficiente para reconocer el origen mezquino de sus males, para identificar a los autores de los abismos que ahogan al pobre y al oprimido y, sobre todo, para comprender que la tarea de derrocar a la mentira y el egoísmo procede del fulgor que emana de la solidaridad. Por ello, la tarea de la izquierda debía concentrarse en encontrarnos, en buscarnos entre la maraña de sombras tejidas por el privilegio y la usurpación, para al fin reconocernos, abrazarnos y emprender juntos nuevos y magníficos alientos. Se trata de coincidir, decía.
Confieso que el tajante rechazo a la formación que mi amigo enarbolaba aún me revuelve el estómago, pero tengo que admitir en algo tenía razón: somos muchos, pero más y somos muchos los que identificamos que sobre el mundo se cierne una avaricia insaciable dispuesta a infligir a las multitudes los pesares más abyectos con tal de preservar su opulento banquete. Somos también más lo que queremos hacer algo para barrer para siempre con ella. Basta asumir este hecho para reconocer que, lejos del bastión partidista o el despacho de gobierno, las plazas, los mercados, los salones y las fábricas y hasta los cerros forrados de milpa también están llenas de gente en donde la utopía resplandece sobre sus coronillas, hombres y mujeres que amanecen el mundo convencidas de la tarea de defenderlo contra la inquina de la corrupción y esa terquedad de verlo como un yacimiento y no como un santuario.
Sin embargo, hay que decir que esta confianza es incapaz de gestarse sólo desde la comodidad de un escritorio o en el cónclave ocasional de la bohemia. Nos exige andar, a renunciar al embeleso de espejos y reflectores, para inundarnos y recrearnos con los llantos, romances, clamores y esperanzas de quienes con su sudor conforman el amasijo que soporta al mundo, entregando en franca horizontalidad nuestros mejores y peores corajes. Nos compele además a superar ese extraño hábito de suponer que los infinitos rostros del mundo caben en una baraja de amistades, como si no hiciera falta desgarrarnos la voz y las piernas para apenas comenzar a hermanarnos. Y finalmente, demanda la humildad de abrir de par en par el corazón y la mirada, para escuchar con atención las voces díscolas de la inconformidad y la esperanza, no siempre afines a nuestros planes y pronósticos, pero nunca ilegítimas y menos aún, vacías de aprendizajes.
Entonces te descubres arropado por un mar de buenas voluntades y dignas rebeldías, trenzado en un cordón kilométrico que entrelaza lo mismo consignas feministas que huertos urbanos, que trama y compenetra el fervor de miles de puños alzados, la empatía de cientos de comedores comunitarios y el compromiso de decenas de imprentas independientes. Aparece así, con una claridad implacable, la conciencia de que no existe lucha que avance sola hacia el horizonte, que nuestra valentía transita sobre veredas que otros abrieron y celaron, que cualquier empeño por transformar al mundo está condenado a naufragar, mientras no abreve y ofrende gratitud a la sabiduría de las pequeñas gestas que todos los días hace posible los más y los muchos, eso que llamamos pueblo organizado.
Luego de pronto cada asamblea comienza a sentirse como un concierto de Silvio, cada escrito dialoga con la algarabía que palpita furibunda en las calles y cada tertulia se transforma en una oportunidad para honrar el raudal de anhelos que nos envuelve e inspira, listos para volver a gritar con euforia, ¡somos más y somos muchos!
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