No perder la esperanza
Durante estas dos últimas semanas hemos atestiguado una avalancha de críticas y vilipendios desde diversos medios de comunicación, que han arremetido en contra de la probidad del presidente de la República y buscado poner en entredicho la legitimidad del proyecto político que representa la Cuarta Transformación. Ello con base en una serie de investigaciones y artículos periodísticos que conjeturan respecto al patrimonio de José Ramón López Beltrán, primogénito del tabasqueño.
Si bien, a estas alturas, los cuestionamientos han sido suficientemente rebatidos por periodistas e intelectuales entre los que destacan Julio Hernández, Fabrizio Mejía, Hernán Gómez y Rafael Barajas, quienes han alegado las deficiencias de la información presentada, lo precipitado de su publicación y los resquemores que suponen la posición política de sus principales promotores, lo cierto es que poco o nada han hecho los responsables para desmentir titulares, reconocer los errores cometidos y avanzar con responsabilidad al siguiente asunto noticioso. Por el contrario, se han empecinado en levantar suspicacias en forma artificiosa, alegando conflictos de interés al punto de exigir a los acusados la demostración de su inocencia, en total oposición al principio jurídico de carga de la prueba, como ya ha sido señalado con tino por Violeta Vázquez Rojas (https://bit.ly/3vsnvIn).
Considero que la contumacia con que algunos medios, comunicadores y personalidades del debate en redes sociales han decidido sostenerse en esta falaz crítica a Andrés Manuel López Obrador no responde a una genuina defensa de la profesión periodística o a la revisión objetiva del poder presidencial. Por el contrario, se origina en la estrategia de difundir una idea lo bastante siniestra y peligrosa como para resquebrajar los cimientos de cualquier proyecto de transformación: la noción de que, en política, todos son iguales.
En un contexto marcado por los esfuerzos de un amplio sector de la población para modificar las inercias del poder, dignificar el servicio público y garantizar el bienestar de quienes habían sido históricamente excluidos, la idea de que todos son iguales siembra entre quien la escucha la convicción de que cualquier intento por transformar el status quo sucumbirá ante una especie de perversión congénita que distingue a cualquier líder político. En este escenario, la ambición incontenible, el lucro personal con base la instrumentación del cargo público, el nepotismo y la ostentación del lujo no son rasgos de un grupo específico de poder, sino que constituyen cualidades inseparables de todos quienes asumen como oficio la actividad política.
La perfidia de esta estrategia radica en que, desanimado ante el peso de semejante sentencia, cualquier ciudadano se desmotivaría de participar en luchas colectivas o de involucrarse en partidos o movimientos sociales con pretensiones de reclamar el poder público, para entonces concentrar sus energías en reivindicaciones al margen de las vías institucionales o bien, en una supervivencia cotidiana inocua y despolitizada. No sorprende que estos planteamientos recuerden lo dicho en 2014 por el expresidente Enrique Peña Nieta, epítome de la corrupción y los negocios al amparo del poder en México, respecto a que “la corrupción es un asunto cultural”.
Por es razón, considero que es crucial exhibir lo que, en mi opinión, constituye el espíritu de la arremetida contra el presidente, a saber, la excitación del desaliento entre la ciudadanía. Sólo así, frente a la estampida con la que los potentados intentan desdibujar la pasión que entraña la construcción del futuro, podremos descubrir, tal y como lo señaló el escritor Andrés Malraux, que la fuerza más grande de la revolución es la esperanza. De hecho, la esperanza constituye una de las energías más poderosas para movilizar los resortes de la historia. En la obra monumental, El principio esperanza, Ernst Bloch describe a la esperanza no sólo como el más humano de todos los movimientos del ánimo, sino como un rasgo fundamental de la conciencia mediante la cual ponemos en juego la vida misma. En tal sentido, su valor reside en la forma en ésta nos arroja al horizonte, obligándonos a reconocer la multitud de posibilidades con que el futuro nos aguarda, a la espera de nuestros mejores arrojos, alientos y utopías.
Pensar, no por cuenta propia sino por conducto del relato impuesto por algunos medios de comunicación, de que Andres Manuel López Obrador es sólo uno más de los políticos que intentan ultrajar al pueblo de México no sólo significa desestimar una trayectoria de más de cuarenta y cinco años en defensa de los más pobres y discriminados del país, sino que contribuye al contagio de una parsimonia petrificante que sólo beneficia a quienes intentan recuperar el orden de privilegios que distinguió al periodo neoliberal. Sin huir de la evaluación crítica de nuestras autoridades, hoy más que nunca debemos defender la esperanza en la política y en la autenticidad de un movimiento que, poniendo por encima las necesidades de las y los ninguneados de la historia, ha sacudido las entrañas del poder.
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