Militantes
Se trata de una obsesión platónica con el futuro o quizá una complicidad irrenunciable con la primavera, una semilla descubierta en lo hondo de la sierra, un remanso al que acudir durante las soledades más adversas. Puede ser también un céfiro que refresca el mediodía, o las canciones de Silvio enterneciendo las noches lluviosas, o las largas caminatas entre vereditas que iluminan las estrellas, o las risas que germinan sobre la batea al terminar el jornal, y es también un llanto, un abrazo, un dilema y un verso que espina y florece; sobre eso y más, mucho más, trata nuestra militancia.
Es cierto que hay veces que prevalece el espectáculo, el show de titanes que colisionan entre ardides, alianzas y aplausos, las grandes tribunas, épicas riñas entre juglares e hidalgos disputándose el cielo nublado; pero les aseguro que abajo hay un concierto de luchas y esperanzas que juntas se engranan para dar forma a una historia que ocurre siempre más allá del televisor y las primeras planas, la de los sueños que se entrelazan y construyen horizontes, la de las resistencias que derriten cadenas y mitos, la de las milpas que alimentan naciones, la de los jóvenes en rebeldía de añejos horóscopos.
Son estas manías, estos anhelos, esta pródiga bandada de aves de todos tamaños, de picos audaces y plumas polícromas, sobre el que se cimienta el gran impulso transformador de nuestro presente, es esa su sangre más hirviente, su ariete más artero. No hay un sólo discurso guinda que nos sea deudor de sus hallazgos, de su vientre ancho y fértil, de sus músculos y garabatos, de la estela esmeralda que deja su azadón. Y aunque nunca falte la guayabera pretenciosa o el ribete impostor que pretende deslindarse de sus luces y agallas, esta parvada avanzará su vuelo, dejando hundir, más temprano que tarde, a quienes tiente el pantano.
Sucede así porque la convicción militante no proviene de ninguna gallarda coyuntura, ni de ningún laurel artificial. Las certezas militantes se forjan entre los chubascos, entre la zozobra que arremete en tiempos de estiaje, en la verbena espontánea que ocurre en torno al fogón, entre las suelas gastadas de tanto sortear pedreras y los pulgares manchados en tinta de periódico. No son oportunas, ni garbosas, ni elocuentes. Son ásperas, ramplonas y a menudo impertinentes, carecen de tacto y distinción, no sirven al cálculo político, pero sostienen la quilla de la única nave con la que contamos para navegar hasta la utopía.
Pero como cualquier huerto de frutas suculentas, la militancia debe cuidarse con esmero, regarse con disciplina y escamparse cuando la estación lo amerita. Debe nutrirse con porfiada constancia, allegándose de los clamores que rondan los callejones más humildes, de los silbidos con que cantan los campos, del tambor en que se convierte una plaza hartada de puños alzados. Además, debe vencer el recelo a crecer, para ir más allá de las cercas que a veces imponen el dogma y los libros de texto, o peor aún, de las que se inventa la ecuación electoral, y desbordarse a lo largo de todos los refugios y paisajes.
En fin. La militancia es más que un guiño, una corte en pleitesía o un exabrupto de aliento sexenal. La militancia se porta como un destino, se emplea como un portulano antes de embarcarse en altamar, se esgrime, no como espada intempestiva, sino como aguja con que zurcir los girones del pasado y los hilvanes del porvenir. En última instancia, la militancia es una responsabilidad que nos impele a jamás renunciar al optimismo, pues no existe manera de transformar al mundo sin primero convencernos, a veces con no más que un arrebatado frenesí, de que aquella es una posibilidad auténtica y claro, fabulosa.
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