Las cárceles que nos quebrantan

Hace tres décadas, poco después de la caída del Muro de Berlín, Francis Fukuyama anunciaría, no sin desencadenar un alud de polémicas, el término de la lucha de las ideologías, el triunfo de la democracia liberal como hegemonía definitiva y con ello, el fin de la historia. En opinión del filósofo estadounidense, viendo imposible nuevas afrentas a la ideología dominante, no restaba más que naciones e individuos adoptarán por igual las formas seductoras del libre mercado. Con la emergencia de nuevos conflictos y el ahondamiento de las desigualdades que han marcado el periodo neoliberal, esta tesis sería rebatida con contundencia. Asimismo, el desarrollo acelerado de nuevas tecnologías y su creciente importancia en la vida cotidiana ha demostrado que aún es posible contemplar nuevas formas de trabajo, gobierno e interacción social.

No obstante, quizá por encima de cualquier otra transformación, ha sido la revolución feminista la que mejor ha demostrado las contradicciones internas sobre las cuales se articulan las hegemonías vigentes, al mismo tiempo que ha señalado la urgencia de su transformación. Al señalar los abusos y brechas de desigualdad que genera el sistema de opresión patriarcal, el feminismo ha sacudido como ningún otro movimiento político en la historia reciente los cimientos de nuestras sociedades, urgiéndonos, en lo personal, a cuestionar nuestras ideas y prácticas, y en lo público, a garantizar condiciones efectivas para la ampliación y pleno ejercicio de derechos de las mujeres.

En este proceso se han desnudado formas de violencia y discriminación contra las mujeres que, si bien ahora se advierten como inexcusables, el pasado había ignorado bajo el amparo de la moral, las costumbres y los convencionalismos idiosincráticos. El trastocamiento de los principios que ordenan el statu quo también ha exhibido la brutalidad que rige la conducta de los hombres y que con frecuencia se materializa en vicios, intemperancias y supersticiones capaces de poner en riesgo su propio bienestar y de quienes les rodean.

Los hechos registrados el pasado sábado en la ciudad de Querétaro son un ejemplo de la barbarie y el irascible frenesí al que pueden conducirnos las masculinidades machistas. Moldeadas con base en la exaltación de la violencia, la rivalidad como expresión esencial de la identidad, el castigo lapidario a cualquier señal de debilidad y la apología de la arrogancia como demostración de poder, estos comportamientos son capaces de convertir la disputa de un partido dominical de un futbol en una batalla campal de proporciones inéditas. Para colmo, en estos casos, es común que el machismo se entreteja en una red de indolencia, avaricia y corrupción capaz de entregar saldos infamantes como el de las veintiséis personas heridas que informó el gobierno del estado.

Ante la gravedad de los hechos, es incuestionable que deben realizarse las diligencias necesarias para castigar a los responsables e implementar medidas de seguridad en todos los estadios del país. Sin embargo, me parece que para resolver de fondo esta situación es crucial reconocer como estas conductas no son exclusivas de quienes, enardecidos por la fiebre del deporte o enlistados en las filas de las barras del fútbol mexicano, visitaron este sábado el Estadio Corregidora, sino que dan forma a los confines de realización de todos los hombres,

Las prisiones del machismo que quebrantan la psique masculina perduran porque poco o nada se ha hecho para derrumbar la arquitectura sobre la cual reposa su fuerza y reproducción. Para derrumbarlas se requieren de acciones urgentes para reorganizar la formas e instituciones con las que socializamos, en las que nos educamos, con las que trabajamos, mediante las que nos expresamos y a través de las cuales nos divertimos y recreamos, pues sólo así episodios como los registrados este sábado serán unánimemente condenados.

En tal sentido, es indispensable reconocer el papel crucial del feminismo para denunciar los términos en que se produce la adopción de prejuicios y actitudes machistas, llamando a la sensibilización de los hombres respecto a sus masculinidades tóxicas, así como exigiendo leyes e instituciones capaces de actuar con eficacia y eficiencia frente a los abusos e injusticias que estas engendran. La lucha en contra de las desigualdades y la decisión en desmontar de una vez y para siempre los códigos que estructuran el machismo deben convertirse en razones suficientes para que hombres de todos los estratos y regiones sumemos esfuerzos a la transformación de nuestra realidad desde la lente feminista.

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