La flama que somos
“Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños, las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan y nos construyen; los más locos que sus madres, los más borrachos que sus padres y más delincuentes que sus hijos, y más devorados por amores calcinantes”.
Roberto Fernández Retamar
En sus primeros días, nuestra flama refulgía con la fuerza que irradia una vela en una noche sin estrellas. Era apenas un desfachatado desplante de osadía, un respingo de locura, un contagio de impertinente dignidad. Heredera de rabias y fulgores de antaño, nuestra flama brilló tenue pero asida de esperanza suficiente para perdurar a contra de ventiscas y chubascos. En principio nadie nos creía. Nos auguraban una extinción expedita, ronca y desangelada, como la que sigue al resoplo de un pastel de cumpleaños en horario de oficina. -No es más que un fuego pasajero, de combustible escaso y moribundo, de esos que abrigan lo mismo que un sol de madrugada-, decían.
Pero la flama persistió. Se hizo grande y robusta conforme acogía nuevos corajes, sueños de alcázares derrotados, anhelos de ensanchar el horizonte. Nuestra flama abrasó los alientos de centenas de pueblos y ciudades; conminó a miles a agitar las alas; incendió, escobilla a escobilla y explosión a explosión, las calderas de un buque que nos arrimaba un poco a la utopía. En última instancia, su lumbre enriqueció en minerales la tierra en la que germinan nuestros mejores arrestos, cual milpa extenuada del mes de abril. Y fue así que su resplandor pudo iluminar veredas que las penumbras de la avaricia y la corrupción habían intentado ocultar de los grandes alborozos colectivos. Se puso luz sobre la honestidad, la empatía y la dicha que procede de la búsqueda del bienestar común.
Y entonces, un buen día de verano, nuestra flama se hizo hoguera incandescente que ardía sobre todos los rincones del país junto a las ilusiones de más de treinta millones de personas que salieron a las calles a exigir un alto a la usura, para alzar los brazos al aire y apretar juntos los puños convertidos ya en columnas de un solo fortín que albergaba el trazo de un futuro formidable, libre de cadenas y abismos, ceñido al porfiado ahínco de hacer florecer girasoles en donde había solo paisajes yermos.
En aquel entonces nuestro fuego fue desbordado y lo mismo reblandecía sobre pantanos tricolores, que sobre espejismos blanquiazules. Lo azuzaban las voces de quienes el gélido maltrato neoliberal había intentado hacer para siempre a un lado; se nutría del empeño de los rostros ausentes de la historia, lo guiaba la convicción de nuestro pueblo bárbaro, ese que desciende de las barriadas mugrientas, que viste girones zurcidos entre lágrimas, que reverdece con las lluvias que consagra la Santa Cruz. Repartía tizones entre optimistas irremediables, prófugos de zodiacos, devotos de Galeano y la marimba.
Luego vinieron los días templados, los tiempos en que nuestra flama se asentó cómoda en su antorcha y sometió su danza indomable a las costumbres de la burocracia y la vanidad electoral. Moderó sus llamas, a veces por la fuerza inercial de una máquina glotona y anacrónica y otras más por causa de la delgada bizarría de quienes, habiendo asumido la tarea de servir como transmisores de su fulgor, optaron por forjar con su lumbre las herramientas de su propia vanagloria. Es cierto que arriba no faltaron los incendios elocuentes, embates centelleantes contra dinosaurios y arlequines, pero abajo nuestra flama quedó por un momento entrampada entre promesas truncas, arengas huecas e intrigas pusilánimes.
Pero ninguna flama es dócil y, luego de los primeros minutos de confusión, ha compuesto sus raíces y vuelto a exigir maderas recias, cantos febriles que escalden el alma, estampidas valientes que colmen de sismos los cándidos planes de quienes huyen del fuego por miedo a perder privilegios, que buscan sofocarlo deseando evitar el ascenso del fénix. Pero viniendo del carbón de donde viene, nuestro fuego resiste, soporta lleno de esperanzas, decidido a hacer arder las trampas del lujo y la indiferencia, la moderna manía de anclar la dicha en la cartera o más bien, de hallarla en el asalto lento y circunspecto de lo más desvalidos.
Por eso creo que hoy, mejor que nunca, vale la pena patinarse un cerillo en la conciencia y recordar la lumbre que nos habita e interpela, esa férrea intrepidez para cambiar el modo en que las leyes funcionan, en que las balanzas reparten y en que el poder se sostiene. Porque a pesar de los esfuerzos de trúhanes del pasado y bribones del presente, nuestra flama vive y ondea entre altas cumbres, digna de ser empuñada y defendida hasta en sus últimas chispas, porque entre hogueras danzamos y parimos, y porque amar el mundo, diría Retamar, es también calcinarse.
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