La esperanza mesoamericana
Desde los valles lacustres que culminan en el Lago de Chapala hasta los bosques tropicales que circundan la Península de Nicoya, Mesoamérica fue alguna vez uno de los territorios mejor articulados, más prósperos y avanzados que haya conocido el mundo entero. Inundado por una flora y fauna que no conoce parangón, sobre sus paisajes convivían decenas de lenguas, costumbres, cultivos y deidades, regímenes políticos y usanzas gastronómicas que, unidas mediante el comercio y el entendimiento mutuo, dieron forma a uno de los más pujantes epicentros civilizatorios que haya engendrado nuestra especie, de cuyos ecos aún hoy retiemblan algunas de nuestras mejores proezas y conquistas.
Moldeada bajo el barro de grandes naciones, de reyes poetas y jaguares guerreros, Mesoamérica refulgió a lo largo de cuatro milenios, hasta el arribo insospechado de los campeones de Europa. Y entonces sobrevino la historia, el álgido relato de la globalización, los virus mortíferos y las praderas bovinas, los barcos inhumanos traídos desde el África, la sagrada evangelización que obligó a Tlaloc e Itzamná a ocultarse bajo los rostros insípidos de mártires y vírgenes hechos traer del otro lado del océano. Así transcurrieron tres siglos más de vida colonial, de una sociedad fragmentada por un nuevo escalafón cuyas cumbres permanecían reservadas sólo para quienes la genética hubiera teñido en blanco su piel.
Pero más temprano que tarde ocurrió que los desposeídos y desvencijados del flamante Virreinato de la Nueva España, erigido sobre los cimientos de la antigua Mesoamérica, no soportaron de más yugo extranjero y decidieron sacudir cada una de sus costas, sus planicies y serranías, con el fragor de valientes convertidos ya en titanes, para exigir su propia independencia, para asumir por cuenta propia el timón de sus destinos e intentar hacer más justo el banquete al que el Viejo Mundo había reducido la cornucopia americana, para reconstruir una identidad que debía fundir los ecos del pasado indígena con el ideario libertario de José María Morelos y Pavón, Tomás Ruiz Romero y Santiago José Celis, entre tantos.
Luego nos sobrevinieron dos siglos de acometidas, de convulsiones internas e intervenciones promovidas desde el norte anglosajón. México tenía apenas veinticinco años de edad cuando el oportunismo imperial le arrebataría más de la mitad del territorio. Así fue como una vez más nuestras naciones se extraviaron entre el estampido de las balas y las artimañas de políticos amansados bajo la codicia conservadora y, más adelante, el currículo neoliberal. No faltaron, desde luego, los golpes de autoridad. Desde el Plan de Fernandina del astro José Martí, hasta la Revolución de Sandino en Nicaragua, pasando por la expropiación petrolera del General Cárdenas, la reforma agraria de Jacobo Árbenz y los poemas incorregibles del maestro Roque Dalton, nuestra antigua Mesoamérica dio una y otra vez muestras de dignidad, de ansias por devolver esperanza quienes el poder había barrido de la historia.
Entre estos despliegues de dignidad empedernida y el asedio permanente de los fantasmas coloniales, nuestra vieja Mesoamérica, transformada ya en un abanico de países hermanados por los mismos dolores, venenos y utopías, se juega hoy, como ayer, sus esperanzas de soberanía e igualdad. En ello ninguna victoria ha sido pírrica, lo mismo que ninguna cesión ha sido menos lastimosa. Después de todo, hacer patria en un rincón tan apartado de la tierra nunca ha prometido ser tarea sencilla. Existe, por fortuna, un cariño entrañable que atraviesa fronteras y que abreva de un pasado que nos une y calcifica. Seguramente motivado por este afecto, el presidente Andrés Manuel López Obrador decidió recorrer la semana pasada cinco países centroamericanos, para honrar junto a sus líderes la larga traza histórica que nos reúne y todavía nos compenetra, para tender nuevos lazos de cooperación con los que, como región, podamos hacer frente a los grandes desafíos de nuestro tiempo.
Pretendiéndolo o no, con sus discursos y apretones de mano, el presidente también logró recordarnos cuán importante es, como mexicanos y mexicanas, volver a mirar al sur, para reencontrarnos con un legado que continúa palpitando en lo más profundo de nuestras naciones y convicciones, un legado de lucha y resistencia que nos ayuda a remendar una memoria ultrajada por la cerrazón y los abusos de la explotación capital y que nos convoca a enarbolar la esperanza de restituir a Mesoamérica su oficio de faro del mundo.
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