Hijas e hijos del 1ro de Mayo
En el trabajo nos forjamos. Bajo el clima intempestivo del contrato laboral, convertimos nuestras dudas en destrezas, nuestras mesuras en maestría. Adiestramos nuestras manos y piernas al ritmo del trajín cotidiano, entre timbres, cláxones y murmullos que se ahogan entre el ruido de las máquinas. Bajo los signos de la solidaridad, la memoria y el respeto mutuo, hicimos con las fábricas cuarteles de conciencia, con las oficinas bastiones de camaradería y en las calles instauramos bazares multicolores en donde conversar los muchos idiomas del comercio y la empatía.
Por el trabajo nos convencimos del sabor amargo de la desigualdad, en él padecimos el vértigo de las grietas que separan a las minorías privilegiadas en control del capital de las mayorías que batallan todos los días contra la fatiga y el sofoco de la incertidumbre. El trabajo nos enseñó los rostros de la injusticia, sus máscaras y alcantarillas. Al descartar la contumacia y aptitud de miles de obreros, de empleados ejemplares y profesionistas de intachable pundonor, comprendimos la falacia del mérito, el yerro que pesa sobre quienes son culpables sólo de nacer en el lado oscuro de la luna y no al amparo del confort y rimbombantes apellidos.
Sin embargo, del trabajo también aprendimos el significado de la fraternidad, del huerto de alientos que implica asumir al jornal con dignidad, de defenderlo con porfiada rectitud. El trabajo nos enseñó del valor de la disciplina, de la camaradería sin la cual desde abajo es imposible sobrevivir, la persistencia con la que hay que aferrarse a los derechos, a pesar de los aguaceros que tiranos hagan caer una y otra vez. A fuerza de sudor, de callos y suelas gastadas nos reconocimos cómplices, no sólo víctimas de un aparato atroz que intenta sucumbir voces indóciles, sino colegas de anhelos obligados a organizarnos para recuperar el horizonte.
Después de todo, hoy como ayer, en el corazón del trabajo palpitan algunas de las más osadas utopías que nuestra especie haya podido imaginar, promesas de reparto justo, de igualdad genuina para todos los sectores, de una protección social sin candados ni salvedades y un destino que no deba enfrentar a nadie más que aquellas aflicciones que proceden del amor y las inevitables despedidas. Pero también, hoy como ayer, sobre él se ciernen algunas de las codicias más abyectas que hayan arrasado sobre la tierra. Apetitos de una acumulación tan inclemente como irrefrenable, de permisos de precarización en favor de la utilidad neta, de impuestos condonados y paraísos fiscales consentidos, de conquistas laborales desechadas en nombre de la competencia y la productividad.
En ese embate de ahíncos, esa abrupta pugna entre modelos sobre el trabajo y el porvenir de la clase trabajadora, saludamos nuevamente a esa muestra de dignidad con que más de veinte mil trabajadores sacudieron las calles de Chicago en 1886, enarbolando una demanda sencilla pero cardinal en nuestra historia: una jornada de trabajo de no más de ocho horas. Honramos también a esa tropa de valientes, ocho desbordados de esperanza e integridad que entregaron su vida para dar forma al más universal de todos los días, fecha en donde coinciden humores y clamores de todas partes del mundo para exigir, defender y ampliar los derechos de los trabajadores.
Honramos sus ecos, sus códigos y agallas, y al hacerlo recordamos que ni un solo derecho laboral ha sido conquistado con el beneplácito de amo o patrón. Que todos han sido fruto de la rebeldía, de la organización gremial y popular y de esa virtud extraña, tildada como enfermedad por la tiranía neoliberal, llamada conciencia de clase. No queda entonces más que asumirse herederos de esa férrea voluntad de justicia que nos antecede y nos significa, a la cual debemos esas pequeñas garantías de bienestar que ni hoy ni nunca debemos dar por sentadas.
Más aún, cuando se ha sido en la vida trabajador plebeyo, cuando hemos llorado exhaustos ante el apremio de las deudas, cuando hemos apretado los dientes por temor al despido o hemos sufrido la perfidia o mezquindad de algún superior, cuando hemos corrido despavoridos tras el autobús para no llegar tarde o hemos madrugado por causa de algún pendiente urgente, cuando hemos hecho de nuestro trabajo cimiento de anhelos, disgustos y alegrías, no que más que llamarse con orgullo hijos e hijas del Primero de Mayo.
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