En defensa y celebración de las vacunas

Esta ocasión he tenido que escribir estas líneas aquejado aún por las dolencias y malestares que, como ya se ha popularizado, puede traer consigo la aplicación de las vacunas contra el COVID-19. Y es que a lo largo de la semana pasada continuaron efectuándose en la Ciudad de México, como parte del Programa Nacional de Vacunación #COVID-19, las jornadas de aplicación de las dosis de refuerzo correspondientes a la población de 30 a 39 años, que me incluye. Instigado por escalofríos y el fastidio del cuerpo cortado, me ha parecido valioso volver a recuperar la transcendencia de este proceso, así como los logros y desafíos que ha implicado enfrentar una pandemia de dimensiones inéditas.

Parecen haber quedado muy atrás los primeros atisbos de zozobra y escepticismo que, en febrero de 2020, provocaba el anuncio del arribo de un virus mortal y hasta entonces desconocido al continente americano. Luego de veinticuatro meses y más de 315 mil víctimas fatales, el país ha debido reordenar sus hábitos y prioridades a fin de salvaguardar la vida de su población. El uso de cubrebocas y gel sanitizante, así como la aplicación de medidas de sana distancia se han convertido en claves inexcusables de las formas de sociabilidad que nos rigen. Los impactos económicos de la pandemia también han generado transformaciones profundas en nuestra cotidianeidad. La reorganización del mercado laboral, el ascenso de las comunicaciones virtuales y el acceso digital a la información, los golpes a las fuentes de trabajo y la nueva relevancia que ha adquirido la salud mental en el contexto del confinamiento son solo algunos de los dilemas contra los que el Gobierno de México ha debido actuar.

Desde sus inicios, la dimensión de la amenaza hizo claro que la única vía para poder hacer frente al virus sería la de fabricar en tiempo récord una vacuna e implementar con prontitud una estrategia de vacunación a escala global que impidiera la transmisión de la enfermedad. En México, este propósito arrojaría sus primeros resultados el 23 de diciembre de 2020 cuando, en la antesala de las fiestas navideñas, el canciller recibiría el primer lote de vacunas contra el SAR-CoV-2 de la farmacéutica Pfizer-BioNTech, el cual se destinaría a la protección del personal médico que en ese momento se encontraba en la primera línea de atención a las personas que habían contraído la enfermedad, convirtiéndose en uno de los primeros días países en el mundo (y el primero en América Latina) en iniciar campañas de vacunación.

Poco a poco, miles de vacunas comenzarían a distribuirse en todo el país en el plan de vacunación más grande que haya existido en la historia de México. El valor de los esfuerzos desplegados para proteger la salud sólo puede compararse con la solidaridad y confianza depositada por parte de la sociedad mexicana la cual, a diferencia de lo que ha acaecido en otros países, acató el llamado a vacunarse, salvaguardando con ello no sólo la propia vida, sino el bienestar de todos cuantos nos rodean. De acuerdo con información de la Secretaría de Salud, a la fecha de la redacción de este texto se habían suministrado 177,207,385 vacunas, haciendo posible que más de 78 millones de personas cuenten con un esquema completo de vacunación para afrontar un posible contagio de COVID-19. Desde hace meses, estas cifras se han logrado traducir en una importante disminución de los riesgos de caer en una enfermedad grave, hospitalización y defunción.


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