El deber del consejero
Cuando comenzó éramos apenas una chispa, un resoplo de digna rebeldía, un espasmo de inconformidad rebosante de anhelos y centallas, una bandada de pájaros errantes ebrios de consignas y camaradería. Éramos un vivero irisado en el que recién germinaban alientos de revolución y un muelle al que arribamos partisanos de todos los linajes hermanados por la misma sentencia del contubernio entre el poder y el capital. O quizá éramos tan sólo un reducto de corajes azuzados por la voz de un tabasqueño que se osaba a sostener que la honestidad es un arma cargada de futuro.
Aunque pensándolo bien, éramos también el eco de viejas batallas, una reverberación de todas las acérrimas defensas de la igualdad, la justicia y la memoria que los benditos revoltosos del pasado hicieron posible, de todos los arrestos gregarios que nos antecedieron. Nuestros fragores y proyectos se alzaron sobre los hombros de las muchas luchas de estudiantes oponiéndose al autoritarismo, de mujeres denunciando el acoso patriarcal, de campesinos defendiendo sus milpas de la gula neoliberal, de obreros en paro clamando el respeto a sus derechos. Fuimos, como seguimos siéndolo, herederos de una longeva resistencia en contra de la tiranía y el olvido.
Luego vino la victoria. Más de treinta millones de almas desbordadas de esperanza se concentraron en torno a una boleta para acometer el más bello giro de timón que nuestro país haya registrado en tiempos recientes. Hubo que padecer más tres décadas de avaricia, de pleitesía a los dictados de una economía inmoral, de gerentes y usureros al mando del Estado sin más talento que su ciega lealtad a la opulencia, para que al fin retumbara en Palacio Nacional el canto fecundo del pueblo organizado. Y claro, con la victoria vino la institucionalización. La lucha tomó entonces forma de función, de burocracia. Bajamos las pancartas y alzamos con infinitas expectativas el clasificador por objeto del gasto. Eran mares inéditos, pero necesarios.
Más extraño aún fue lo que ocurrió en el Partido. Sobrecogido todavía por el súbito ascenso al poder, por tantos años vedado a los fulgores de la izquierda, éste pareció perder a sus más airosas figuras, ahora convocadas a servir desde alguna trinchera oficial. Tampoco ayudó la avalancha de nuevos adeptos que las mieles de la nómina estatal trajeron consigo. Mercenarios de escabrosas biografías prestos a jurar nuevas lealtades a cambio de una rebanada de pastel. Lo que antes había sido un nido fraterno de dudas y agallas, terminó por palidecer frente a rijosas disputas entre bandos que se ostentaban como sucesores del hito transformador. Y entonces la utopía tuvo que ceder espacio a la táctica, la labor concientizadora al artilugio movilizador.
En ese trajín de olas encrespadas, de temores y bizarrías que se forcejean el sol del alba, tuvo lugar hace un par de semanas la elección de una nueva camada de tres mil delegados que tendrán a su cargo, bajo el título de congresistas nacionales, la impostergable tarea de definir el rumbo hacia el que apuntarán los motores del vapor morenista. El reto no es menor pues en ello habrán de resolver su compromiso con esa confradía de demandas e ideales amalgamadas por la historia y la lucha obradorista. ¿Tendrán la rectitud y el coraje suficiente para reflejar sin resquemores los clamores populares? ¿Resistirán el embeleso de las galas y los reflectores? ¿Rechazarán sin titubear las tentaciones subrepticias del poder? ¿Serán capaces de asumir su encargo no cómo un conveniente trampolín, sino como un inequívoco llamado a servir?
Yo creo que sí. No digo que será sencillo pues es cierto que sobre el horizonte ansiado se ciernen los mismos vicios que antes descarrilaron algunas de nuestras mejores arremetidas contra la corrupción y los abyectos privilegios, pero pienso, como el porfiado optimista que soy, que somos más los que pensamos que bienestar, inclusión y libertad son más que simples palabras para endulzar un discurso, sino que son principios irrenunciables bajo los cuales se moldea la lucha cotidiana que sostenemos lo mismo contra nuestros propios demonios que contra los truhanes que maquinan diariamente el extravío del mundo. Ante ello, consejeros, consejeras, no me queda más que extenderles mis mejores deseos.
No defrauden, ni hoy ni nunca, a esa chispa que fuimos, a ese eco que somos y a ese bastión de esperanza que estamos llamados a dejar.
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