Sobre el valor de las promesas

A la política la dejaron vacía. Intentaron extraer de ella el entusiasmo que albergan las utopías, los otros futuros posibles. Se encargaron de convertir la militancia en corporativismo, en clientelismo, en inicuo individualismo y para ello fueron capaces de perpetrar la más mezquina manipulación de la pobreza. Salivaban contemplando el fin de la movilización, de muchedumbres inmóviles y aletargadas, de un poder público libre de sus aspiraciones platónicas, puesto al servicio de la opulencia, del dispendio, de una aristocracia embelesada en su codicia, en sus lucros obtenidos a costa de ahondar las brechas de desigualdad que aún hoy resquebrajan al país. 

Pretendieron que la historia no fuese más que un mito inútil. La hipocresía se convirtió en su principal dogma y la mentira en su más artera estrategia. Las promesas de campaña dejaron de encarnar un proyecto de nación y se dejaron seducir por la mercadotecnia, por la contingencia del espectáculo, por el ingenio de los publicistas. De esta forma, 22 años atrás, un ranchero guanajuatense prometió al pueblo de México que para resolver las tensiones y reivindicaciones que se habían fraguado en Chiapas como efecto de la exclusión histórica de los pueblos indígenas se necesitaban sólo quince minutos. Pasaron seis años en esta región olvidada por el poder y sólo la polarización política y la persistencia de la miseria prevalecieron tras los años de gobierno de Vicente Fox.

16 años después, un político del mismo signo conservador, ahora oriundo de Michoacán, prometía al pueblo, en el seno de una campaña marcada por la difamación y la indolencia del árbitro electoral, que su administración sería recordada como el “sexenio del empleo”, con una proyección anual de 800 mil nuevos empleos. No hizo falta siquiera llegar a la mitad del mandato para que las expectativas que causaba una nueva política de fomento al trabajo fueran sustituidas por el terror que causaba la flamante “guerra contra el narcotráfico”, una cruzada de proporciones inéditas que legó al país más de 83 mil muertos y otros tantos miles de exiliados y desaparecidos. Absorto en sus paranoias, Felipe Calderón concluyó que el respeto popular no sería fruto de su integridad, sino efecto de su autoritarismo. 

Culminaron seis años de complicidad criminal y esta vez un político originario del Estado de México se alzaría en las encuestas rumbo a la renovación presidencial. Inflado gracias a los bolsillos de los poderes fácticos que sentían amenazados sus privilegios tras la indignación que se expresaba en las calles, Enrique Peña Nieto pulverizó el sentido a las promesas de campaña para hacerlas parte de una estridente parafernalia que incluía notarios, noviazgos oportunísimos y gomina para el cabello. “Te lo firmo y te lo cumplo” se convirtió en una estrategia con la que buscó ganarse la confianza de los electores, sin importar cuan artificial constituían en el fondo los compromisos asumidos y menos aún, cuanto erosionaba a la larga el valor de la palabra entregada. 

Así transcurrieron casi dos décadas de promesas sin cumplir, de scripts confeccionados, de elocuentes augurios de desarrollo que sucumbían a la voracidad cupular en negociaciones en lo oscuro, resueltas de espaldas a la ciudadanía. Sin embargo, en un domingo histórico de julio de 2018, el pueblo de México decidió que no soportaría más usuras y chantajes y eligió por primera vez en 80 años, mediante una mayoría aplastante que hizo inadmisible cualquier vacilación, a un gobierno forjado desde abajo, con rotunda conciencia de izquierda. 

Y entonces hubo que volver a colmar de esperanza la política, de sueños de igualdad y de justicia, de empatía y solidaridad, de pasión y voluntarismo. Era tiempo de volver a sentirnos colmena y catapulta. Era también necesario devolver al pueblo la confianza en la función pública, de reconstruir la ética gubernamental y anclar la férrea convicción de cambio que sacudía plazas y avenidas en un nuevo proyecto de nación. Fue así como reaparecieron las promesas, esta vez dignificadas, francas, embarazadas de innumerables bríos y anhelos. El 01 de diciembre de 2018, frente a un zócalo capitalino abarrotado de simpatías, Andrés Manuel López Obrador enlistó 100 puntos que constituirían la columna vertebral de su programa de gobierno, 100 puntos que resumían los dolores y clamores recogidos tras más de quince años de recorrer las latitudes del país.

Desde entonces, estas han sido las promesas que han guiado los esfuerzos del Gobierno de México. Desde la edificación de un nuevo aeropuerto hasta la creación de la guardia nacional, pasando por la entrega masiva de becas educativas, la inauguración de un centenar de nuevas universidades públicas, la cancelación de pensiones para expresidentes o la elevación histórica del salario mínimo. La mayoría de estos compromisos se han convertido en parte de nuestra realidad, en tanto que los que esperan todavía por cumplirse están sometidos al escrutinio de una ciudadanía cada vez más aguda e impaciente. Las promesas han vuelto a tener valor político y social por que se espera que se hagan cumplir.

Por muchos años, las mafias que mantenían secuestrado al poder intentaron convencernos de que la política no era más que el arte del engaño y el artificio, mientras que la corrupción era apenas un asunto cultural. Estos últimos tres años nos han demostrado, en contrapartida, que ésta puede (y debe) ser un bastión para el servicio, una responsabilidad pródiga e inalienable; que las promesas no son mercancías de aparador, sino que son obligaciones que develan lo más hondo de nuestros códigos. Ojalá sigamos aferrándonos a estas fecundas convicciones.

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