La amplitud de la grieta

Publicado en 1968 como parte del poemario “Quemar las naves”, Grietas es un brevísimo poema de Mario Benedetti con el que intenta subrayar como es que, por encima del vasto inventario de pugnas y disputas que prevalecen en nuestras sociedades, existe una sola diferencia verdaderamente irremediable: aquella que separa a la maravilla del mundo de los desmaravilladores. Ante la magnitud de la brecha, el genio uruguayo decidiría rematar el texto llamándonos elegir “de qué lado ponen el pie”, en una suerte de pronunciamiento hacia el futuro. 53 años más tarde, frente a una Plaza de la Constitución abarrotada con miles de simpatizantes, el presidente Andrés Manuel López Obrador realizaría un llamado similar, advirtiendo que “nada se logra con las medias tintas” y que la política “exige autenticidad y definiciones”. 

Pues bien, tal parece que los trompicados tiempos que vivimos actualmente, marcados por el denuedo incuestionable de un amplio sector de la población para transformar las inercias del poder y frenar la reproducción de la desigualdad, han terminado por desnudar, como no había pasado antes, cuáles son los rasgos, propósitos y protagonistas que dan forma a esta grieta decididamente profunda, y en ello, se ha demostrado que el vacío que media entre ambos flancos es mucho más ancho de lo que hubiésemos imaginado. 

Así, por ejemplo, hemos escuchado afirmar al presidente del órgano electoral más importante del país, en clara antítesis con su responsabilidad como garante de la imparcialidad y el fortalecimiento de la cultura democrática, su malestar antes la realización de un referéndum histórico para revocar el mandato del presidente de la República (instrumento toral de las democracias participativas). Peor aún, elige emprender una cruzada en su contra con la que se jacta de actuar como partisano contra el autoritarismo, mientras permite que persista la fastuosidad y dispendio en las finanzas del INE, aún a pesar de las exigencias ciudadanas y los esfuerzos para implementar una política de austeridad que devuelva la credibilidad a las instituciones públicas.  

De igual forma, hemos atestiguado como entre una parte del periodismo y la industria de la comunicación se ha alzado una ola de sensacionalismo y desinformación que, lejos de contribuir a la discusión objetiva y exhaustiva de los asuntos públicos, ha servido para alimentar un clima de revancha, escepticismo y juicios sumarios que ya no obedece a la responsabilidad de reflexionar críticamente los desafíos del presente, sino que se ciñe a las ambiciones de grupos resueltos en recobrar sus privilegios. Ya sea a través de la divulgación de reportajes de investigación que carecen de fuentes confiables o mediante cruzadas por la libertad de expresión enarboladas por comunicadores sobre los que pesan denuncias por montajes y colusión, estos medios se presentan como guardianes de la verdad, mientras continúan haciendo de la información una mercancía estilizada en función de sus propios intereses. 

También hemos visto como entre buena parte de los opinólogos que habituaban la primera plana, invitados e invitadas estelares de los programas de opinión en radio y televisión, otrora revestidos de un juicio impoluto que se sostenía gracias al embeleso de los reflectores y las supersticiones que envolvían a la academia y la sociedad civil, se ha vuelto más común asumir posturas casi reaccionarias que privilegian la denostación del presidente y de la Cuarta Transformación, por encima de una mirada rigurosa sobre los problemas públicos. En ello, abusan una y otra vez de las etiquetas, la comparación desproporcional y los lugares comunes, sin reparar en los logros de la administración, la predilección de la audiencia o la compleja composición de las fuerzas que, más allá del Palacio Nacional, pretender disputar el destino de la nación. 

En todos estos casos, observamos como medios, personalidades e instituciones que hasta hace muy poco tiempo gozaban de una cómoda envestidura con la que alardeaban su imparcialidad, aparentemente libres de la contaminación de las pasiones políticas, se han visto obligados, quizá por genuina convicción personal, por instrucción de intereses superiores o por la alarma que en ellos mismas provoca la sacudida que atraviesa actualmente el statu quo, a poner los pies de un lado de la grieta, ahondando con ello la distancia que los separa de las voces y clamores de las grandes mayorías de este país, las cuales no solamente continúan respaldando el mandato del Ejecutivo federal, sino que participan activamente, ya sea a través de la organización social y popular o la recuperación del debate público, en la materialización de un nuevo proyecto de nación.

De lo anterior, es posible deducir que los viejos antagonismos con los que nos habían enseñado a descifrar la arena de la política ya no pueden bastarnos para comprender a cabalidad su complejidad, así como nuestro sitio en ella. Que más allá de los demonios convencionales (como el PRI, Televisa o Elba Esther) existen otras fuerzas y figuras que han ayudado a ensanchar, consciente o inconscientemente, el abismo que aleja las maravillas del mundo de quienes más la necesitan. Ante semejante situación, el compañero Benedetti posiblemente nos advertiría que los desmaravilladores ya están formados, bien acomodados en sus trincheras y reductos a un costado de la grieta. ¿Estamos nosotros listos para elegir donde poner el pie? 

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